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Debo de admitir que durante mi niñez fui un niño muy miedoso, creo que mucha imaginación y mucha incredulidad le pueden causar eso a cualquiera. En momentos donde hasta me daba miedo entrar a mi cuarto porque pensaba que cocoon (el extraterrestre amistoso de la película del mismo nombre) me iba a saludar desde la ventana, me decía a mi mismo “ya quiero ser grande porque no me van a dar miedo éstas cosas”.
Poco sabía yo que la madurez que me permitiría perderle el miedo a los mounstros, fantasmas y extraterrestres tendría un precio tan horrible: miedos a cosas reales.
Una de las principales fuentes del miedo es el sentido del oído. Los sonidos pueden provocar emociones rápidamente, así que la sorpresa de un ruido inesperado y extraño puede garantizar un buen susto. En nuestra niñez era común que al escuchar un ruido desconocido lo asociáramos a cosas lógicas cómo: Drácula, Jason Vorhees, Cocoon (bueno, solo a mi me daba miedo), fantasmas o gnomos. En la madurez los ruidos desconocidos en la noche suelen ser atribuidos a: ¡Ya se metieron a robar a robar la pinche casa! Aunque, la verdad, yo a veces todavía pienso primero en fantasmas que en ladrones
Ruidos desconocidos que pueden ser más macabros que un posible ataque de vampiros, hombres lobos, fantasmas y el mismísimo Cocoon son: Los ruidos que ocurren en el carro (todos los que tienen carro saben la angustia que es escucharle un ruido nuevo al carro), los ruidos raros que hace tu laptop nueva (lo más probable es que ya te la chingaste) y los escandalosos ruidos que ocurren en los baños públicos (sabes bien que esos ruidos vienen acompañados).
Ahora hablemos de otra fuente de miedo común, la sugestión. La primaria es el lugar perfecto para contar todas las historias que escuchamos sin importar la fuente o lo tonta que es la historia, somos niños y se nos permite creerlo todo. Es aquí donde nuestro cerebrin es informado de la existencia de mounstros y su hábitat natural: debajo de la cama, debajo del lavabo, el closet y los sótanos/áticos (aunque casi nadie tiene sótano o áticos). Tras escuchar estas, tan creíbles, historias es cuando comienza la sugestión, cualquier cosa que ocurre cerca de la cama es culpa del mounstro debajo de la cama. Si tu ropa tiene agujeros no es culpa de las ratas que hay en tu casa, es culpa del mounstro del closet. Si fuiste al baño y le atinaste a todos menos la taza del baño al orinar es culpa de los gnomos que viven en el baño (Update: esto se ha comprobado ser cierto).
Pero gracias a la madurez hemos desaparecido el miedo que nos ataca en la noche por temor a ser atacado por los mounstros que viven en casi todas las partes de tu casa, solo que fue suplantada por angustia. Claro, en las noches ya no pensamos “que miedo, mejor me duermo porque ahí viene el coco”. NO, ahora pensamos cosas como: “no estudie ni madre para el examen de mañana, voy a tronar”, “tengo un chorro de pendientes en el trabajo y ya me andan apurando todos para que termine” o “no terminé de ver Rocky IV, ¿habrá
perdido al final?”. Con este tipo de angustias no me sorprende que no tengamos tiempo para pensar en miedos infantiles.
Por último, y para no extenderme aún más, hablaré sobre la fuente número uno de miedo: películas que incluyen tu fobia y todo ocurre en el baño. Como ya muchos sabrán, una de mis fobias son los pescados. Un día vi una película donde salían unas pirañas de la taza del baño. Ya se imaginarán, lo más pinche que le puede pasar a uno es tener miedo de ir al baño. A final de cuentas no había tanto problema, la necesidad siempre supera al miedo. Uno pierde este miedo a futuro por el peor enemigo de todos: el estreñimiento. Ya no nos importa si vamos y nos sentamos en la taza y nos muerde una piraña, es más, si eso nos ayuda a quitarnos los estreñido bienvenidas sean pirañitas.
Conclusión 1: El miedo no se crea ni se destruye, solo se transmite.
Conclusión 2: Coman mucha fibra.
Conclusión 3: Cuidado con Cocoon.
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