Dulce en Noviembre
Nos dan la cuenta y empieza la pugna por pagarla. Pareciera que termina la noche y empieza ese estado de visión analítica que sólo se da entre caminatas al auto, encuentros con los gatos escurridizos de los basureros y una superstición basada en patear piedras por la calle. En ese estado de trance, algo me hace tropezar y automáticamente me sostienes de la cintura para no caer. Es justo después que me doy cuenta que una sacudida – en más de un sentido- es lo que a veces se necesita para acomodar uno que otro componente de la torre de maderitas.
Continuación:
Me dices que la noche no puede terminar tan pronto
y yo decido robarle horas a la madrugada. Abrimos una botella, y sutilmente brindamos por los ideales de la revolución bohemia. Queremos creer en la verdad, belleza, libertad y sobre todas las cosas, el amor. Hay en el ambiente una mezcla de po-si-bi-li-da-des que únicamente pueden lograrse cuando se tienen veintitantos, se ha estado filosofando con algunas cervezas encima y el reloj marca las primeras horas del día siguiente.
Cierro los ojos y mi mente hace c l i c k. Pretendo guardar esta imagen. Y no sólo la imagen. Quiero conservar el jazz de fondo, la media luz que ilumina la habitación, el olor a tu shampoo y el sabor del dulce que estoy mordiendo. Dulce con el cual remplazo el vino, ilusamente pretendo mantenerme sobria, y al cual involucro en un complicado procedimiento de chupar-y-sacar en fluctuantes pero cortos intervalos de tiempo.
Este ritual no pasa desapercibido. Me miras fijamente y me sonrojo. –Si te vas a comer ese dulce, hazlo ya-. Te acercas, me acerco y es ahí cuando se detiene todo, pero contradictoriamente el todo empieza a fluir.
29.12.08 20:13:20, 