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Sickness

Enlace permanente 09.04.09 13:02, por Niebla, Categorías: Letras

Vacaciones y estoy enferma. Nada nuevo. Pero em hizo recordar un cuento de Sergio Galindo. Bueno fragmento de un cuento/anecdota más grande. Como lo disfruto en mis delirios.

B

La muerte, como es obvio, tiene mil caminos… no tantos como la vida. Uno puede en un mismo día, morir diez o mil o no se sabe cuántas veces. Aunque se siga respirando, y aun cuando un médico certifique que ese señor ni está muerto ni lo estará en mil años, ya que, físicamente está en su más pura y máxima salud. El médico sale. La esposa se consuela. Los vecinos se enteran de que el peligro ha pasado y de que es un caso “psicológico” sin mayor consecuencia. Los niños se van a la escuela. El perro se queda, un poco triste -aparenta dormir, suspia y cierra herméticamente los ojos. Suena el teléfono y la tía Luisa pregunta por la saluda del enfermo; lamenta infinito no poder visitarlo ya que su artritis está hoy -¡con este inmundo y helado día!- peor que nunca. Buenos deseos. Saludos. Adiós. De nueo el teléfono y un señor anuncia que el mundo se va a acabar, hoy a las doce en punto. Cuelga. Obsesivo aparato vuelve a repicar y alguien, casi indignado, aunque por atavismo cortés. dice que ha tratado de llamar cien veces al 000-00-00 y que los conectan con otro número. Pide disculpas. Eso devuelve todo a la realidad. Estamos entre locos y nos entendemos muy bien. Muy lejos se oye la voz de una vecina que riñe con un vendedor de flores.

Pasa un silencio: se le escucha pasar. Estás a punto de pensar que va a permanecer; mas no, sería imposible… irreal… Alguien grita: La leche… El m undo recobra su indestructible fastidio. Y otra vez y otra vez se repite lo de ayer y anteayer.

Más vale, más valdría morirse de veras. ¡Pero ya! El médico dijo que los síntomas definitivos serían… Y nada llega. Sólo ese cotidiano reiterarse de la vida. Ese que no tiene sentido y que sin embargo es el perdurable, el pan nuestro… Esa repetición es la prolongación de tu mal. A menos que… pues no existe en ti razón que baste para aceptar el dolor físico. Para los enfermos, la luz tiene la misma tonalidad a través de las horas y las estaciones. Y cuando se está en un lecho por horas y horas y días y días -¡por mil años!- no queda sino el recurso de la droga para que el dolor no lo obligue a uno a gritar y…

¡Por fin el silencio! Un silencio en el que el tic tac del reloj es lo único que te une a tus seres queridos y al mínimo espacio que ocupas en este mundo.

Sí; el reloj, el tiempo, tuvieron sentido en un momento dado, pro todo se deteriora. Por culpa nuestra. Esto lo digo para no recriminarte. Es nuestra. O, lo que es lo mismo, no es de nadie. Las cosas suceden (las fundamentales) dentro de uno, es una dimensión inconfesable, para protegerlas, para que nada pueda mancharlas. Y sin embargo, dentro de esa profilaxis, o a pesar de, acuda la muerte. O no es la muerte, es la falta de interés… -Tarde o temprano, tú también sufrirás esta experiencia-, que por otra parte ni a ti ni a mí nos importará… Pero “sí” duele.

¿Quién demonios inventó el reloj?

Desde este lecho de moribundo, del cual -a ratos- disfruto con tanta plenitud, me solaza convencerme de que lo único indestructible y verdadero es el arte. En loquezco. ¡Que bueno!

Si el doctor te ordena no fumar, escucha su consejo, y haz exactamente lo contrario. Igualmente absurdo es que te pida que no respires o transpires o ames o eyacules. Lo mejor es no hacer caso.

Todos somos -brevemente- inmortales.

En serio, en serio, quisiera morir esta noche…

Porque… un enfermo lo ve todo gris o todo azul. Depende de sus pulsaciones, de su buena o mala respiración, del color de la orina, de las ganas de comer… y lo grave es que algunos de mis tantos subconcientes están confabulándose para prolongar mi absurda existencia.

Es feo ser solamente un cuerpo. Es feo, a mi edad. Es bello, cuando se es joven. Pero, cuando se tienen mis años resulta feo porque hace ya mucho que dejaste de pensar en la importancia que tiene lo efímero de las flores, en la irreproducible hermosura de la veta de los árboles; en el frío que te arroba después de un beso; en el dolor del sexo satisfecho.

Estúpido, te quedas con tu vida. Más bien, con su remedo. Te quedas otra vez con el reloj, fraude, que te lleva a pensar en otraqs cosas, y, cuando te enteras, adviertes que las luces que te iluminan son tristes y distantes. Entonces, conciente de ello, recobras la sabiduría, y te convences de que lo único fundamental es que esas luces se acerquen más a ti y te prodiguen calor; un calor que borre o nulifique a ese infernal reloj (máquina) que acerca con su fría y monótona regularidad la hora de la próxima medicina que va a prolongar tu fictica existencia. Es mejor que…

Sí, es mucho mejor que rompas el reloj.

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